El híbrido

A las ocho de la mañana toda la ciudad parece sacada de una de esas fotografías antiguas, casi de tiempo de preguerra. El gris dominante se mezcla con los últimos colores del otoño y las fachadas comienzan a abrir sus grandes ojos amarillos. Los adoquines mojados reflejan la poca luz que el cielo, siempre encapotado, permite. Pequeñas impresiones de tiendas cerradas, árboles semidesnudos y transeúntes adormilados. Esta ciudad a veces parece un hogar, pero otros días parece algo tan ajeno que uno ya no sabe donde refugiarse: es entonces cuando aparece el deseo de volver al país que se dejó, imaginando que allí todo ha quedado detenido en el tiempo. Y de pronto, el miedo. Ya nada será lo mismo, porque uno ya no es el mismo.

Cuando se es incapaz de distinguir si se habla en español o alemán, cuando se vive, se sueña, se ama y se piensa en dos idiomas, cuando se integra otra cultura, otro cielo, otras ocho de la mañana, uno se da cuenta de que se ha convertido, imperceptiblemente, en un híbrido. Se levanta una mañana y de repente, como Gregor Samsa, se da cuenta de que ya es otra cosa, que se ha transformado e intenta mover sus patitas y ponerse en pie con miedo a abrir la puerta, a que le vean los otros.

El Híbrido sabe que no pertenece a ninguna de sus dos naturalezas, que es algo en el medio, algo extraño. Espera, una vez ha asustado al personal con su apariencia y su lenguaje también incomprensible, a que le pasen la comida por debajo de la puerta. Si se viste adecuadamente, a veces pasa por un individuo “normal” de alguna de sus dos identidades, pero en cuanto abre la boca los unos le dicen que es mucho de los otros y los otros le dicen que es mucho de los unos.

El Híbrido da un sorbo a su café ya resignado a ser un apátrida, a no pertenecer a ningún lado, a sentirse siempre fuera de lugar. Así que esta mañana de final de temporada se esconde bien en su abrigo y no habla, para no levantar sospecha.

 

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De imposibilidades

«Creo que no te quiero,

que solamente quiero la imposibilidad

tan obvia de quererte

como la mano izquierda

enamorada de ese guante

que vive en la derecha»

Julio Cortázar, otros cinco poemas para Cris en Salvo el crepúsculo, 1984.

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Stoner

“Durante las vacaciones de Navidad, en aquella pausa curiosa y suspendida de las prisas del semestre, William Stoner tomó consciencia de dos cosas: empezó a darse cuenta de la importancia capital que Grace tenía ahora en su vida y a comprender que le sería posible llegar a ser un buen profesor.

Estaba dispuesto a admitirse a sí mismo que no lo había sido. Siempre, desde la época en la que se había movido a trompicones en las primeras clases de inglés de primero, se había percatado del abismo existente entre lo que sentía por su asignatura y lo que impartía en clase. Había esperado que el tiempo y la experiencia redujeran ese abismo pero no había sido así. Las cosas que llevaba muy dentro de sí eran profundamente traicionadas cuando hablaba de ellas en sus clases; lo que estaba más vivo se marchitaba en sus palabras y lo que le emocionaba más se volvía frío al pronunciarlo. Y la conciencia de su insuficiencia le angustiaba tanto que su percepción crecía con naturalidad, como si fuera tan parte de él mismo, como sus hombros encorvados.

Pero durante las semanas que Edith pasó en San Luís, cuando daba clases, se encontraba a veces tan abstraído en su asignatura, que se olvidaba de sus limitaciones, de sí mismo, e incluso de los alumnos que tenía enfrente. De vez en cuando se sentía tan arrebatado de entusiasmo que tartamudeaba, gesticulaba e ignoraba los apuntes de clase que normalmente guiaban sus discursos. Al principio le molestaban estos arranques, como si se tomara demasiadas confianzas con su asignatura, y se disculpaba con sus alumnos pero cuando éstos empezaron a reclamarle después de sus clases, y cuando sus ejercicios empezaron a revelar indicios de imaginación y el asomo de un amor vacilante, se animaba a hacer aquello que nunca le habían enseñado. El amor a la literatura, al lenguaje, al misterio de la mente y el corazón manifestándose en la nimia, extraña e inesperada combinación de letras y palabras, en la tinta más negra y fría… el amor que había ocultado como si fuese ilícito y peligroso, empezó a exhibirse, vacilante en principio, luego con temeridad y finalmente con orgullo.

Estaba triste y animado a la vez por el descubrimiento de lo que podía realizar. Más allá de sus intenciones, sentía que había engañado tanto a sus alumnos como a sí mismo. Los alumnos que habían sido capaces hasta entonces de trabajarse sus asignaturas mediante la repetición de pasos mecánicos empezaron a mirarle con sorpresa y resentimiento, los que no habían cursado sus asignaturas empezaron a acudir a sus clases y a saludarle por los pasillos. Hablaba con más confianza y sentía un rigor duro y cálido acumulándosele dentro. Sospechaba que comenzaba, con diez años de retraso, a descubrir lo que era y lo que veía era, más o menos lo que se había imaginado que sería. Sentía por fin que empezaba a ser profesor, lo cual era simplemente ser un hombre a quien el libro le dice la verdad, a quien se le concede una dignidad artística que poco tiene que ver con su estupidez, debilidad o insuficiencia como persona. Era un conocimiento que no podía expresar pero que le había cambiado y gracias al cual su personalidad se volvió inconfundible. ”

John Williams, Stoner. Tenerife: Baile de sol ediciones, 2014. Págs. 102-103. Trad. Antonio Díez Fernández.

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El Puente de Carlos

He vuelto a tener otra vez esa clase de sueños que tanto echaba de menos, esos sueños cargados de símbolos en los que me gusta permanecer y donde experimento sensaciones que normalmente el mundo real no me ofrece. Esta vez estaba en Praga justo a la entrada del puente de Carlos; en mi sueño el puente estaba desierto, algo que contrasta con el estado del mismo cuando hace algunas semanas visité la ciudad de oro. Llovía, llovía a cántaros, el cielo estaba muy oscuro y las estatuas de santos y vírgenes que custodian el puente no eran más que sombras oscuras incapaces de ofrecer esa candidez con la que aparecen en las fotografías de los turistas. Yo quería cruzar el puente en dirección al Castillo. Dándome cuenta de todo lo kafkiano de mi intención, caminaba lentamente por el puente disfrutando de aquella lluvia, de aquel lugar, de las siluetas de los edificios que se podían intuir al levantar la mirada. Nada en el alma pesaba, sonreía levemente como si allí a donde me dirigía fueran a recibirme con una chimenea crepitante y una buena historia o leyenda de las muchas que se cuentan en la ciudad. Sin embargo era  al mismo tiempo consciente del camino mismo, de las huellas que yo dejaba en él y de las huellas que él dejaba en mi, de los arcos del puente, los puentes, que tanto ha dado que hablar a los poetas.

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Adalbertsteinweg

Hoy Gregor Samsa estaba en mi mesita de noche presa ya de la metamorfosis. Sin piedad, como un padre furioso, lo aplasté con un libro de esos con introducción de la amante del escritor. Otra vez ese bloqueo en la garganta que se cierra como si alguien apretara una tuerca de hueso. Los currículos sin enviar, las montañas de futuros posibles e imposibles que se amontonan sobre la mesa y cuando los ordeno me pierdo en millones de caminos que esperan la lluvia bajo ese cielo que no perdona, impasible en su azul firme de piel joven. El bloqueo muscular ante tanta posibilidad, mirarse los pies inmóviles que ya parecen ajenos y de pronto los brazos comienzan a moverse en el aire trazando interrogantes, danzando como poseídos por el vacío y la búsqueda. Otra vez el silencio.

Vuelvo al escritorio con vistas al muro de enfrente, la libertad vive en un patio tan pequeño como la habitación de un manicomio, en coma inducido murmura algo con sus labios etéreos que yo ya no puedo comprender. Qué te empuja a ser, qué se espera de ti. Otra vez el silencio.

Me apoyo en el escritorio e intento descifrar de nuevo esa gramática del silencio instalada en mi frente cansada de buscar la paz de las respuestas; pero el silencio es uno y se acomoda en sillón ajeno quedándose hasta tarde. Invitado indeseado sorprendiéndonos con su cháchara sonoramente muda y vivaz que nunca nos satisface.

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El Libercado

Era un planeta oscuro, húmedo y gris al que llegaban en masa seres sin futuro de otras galaxias como aquel que llega a la tierra prometida sólo que, en este caso, los ríos manaban estupendos puestos de trabajo y un futuro prometedor cargado de felicidad. “Es un planeta muy desarrollado y abierto”-se oía comentar-“Los acuerdos intergalácticos hacen que uno se sienta allí como en casa, con la ventaja de trabajar y vivir mejor”- Se repetía una y otra vez a esas pobres almas desesperadas de las cuatro esquinas de la galaxia que sólo querían ganarse dignamente la vida y que, totalmente decepcionados, tenían que huir de la mediocridad, la violencia, pobreza y terrible desigualdad del sistema corrupto que regía en sus respectivos planetas.

Ella llegó dentro de una pequeña nave chatarrera, aún tenía esperanza en la mirada y muchas ganas de entregar todo aquello que con tanto esfuerzo aprendió, en algún trabajo de esos que, acuerdo intergaláctico firmado, no iba a ser difícil de encontrar. Envió miles de cartas y esperó. Mucho tiempo. Mientras tanto realizó algún que otro trabajo de bajo rango, como limpiar las extrañas casitas espaciales del país o cuidar de niños insoportables y maleducados esperando con impaciencia un e-mail que nunca llegaba. Durante ese tiempo descubrió que para un número alarmante de los habitantes del lugar el hecho de que ella fuera de otro planeta estaba directamente relacionado con un cociente intelectual inferior al de un caracol, aunque allí tenían especies mucho más grandes. No importaba si ella había o no estudiado una cantidad considerable de años en una Universidad bajo el acuerdo intergaláctico, puesto que muchos de ellos pensaban que fuera de las curvas de su planeta, la gente vivía en los árboles sin haber superado todavía el eslabón de la evolución que los convertiría en sus iguales. En consecuencia, a través de actos y palabras, los hacían sentirse indignos y pequeños, muy muy pequeños.

Tras un año de búsqueda un buen día llegó un e-mail que parecía ofrecerle un sueño de futuro, una oportunidad, algo que hasta ahora nadie le había ofrecido. Es verdad que ella sabía desde el principio que no era el trabajo de su vida, que aquella empresa iba a alimentarse con un trabajador cualificado pagándole una miseria, pero era lo único que hasta ahora le habían ofrecido. Suponía una seguridad, una tabla a la que aferrarse y tenía al menos algo que ver con aquello que la encendía en corazón, aquello a lo que dedicó gran parte de su vida: los libros. Decidió verlo de ese modo y aceptó el trabajo.

El libercado era un edificio de cristal, como una nave gigante en el centro de la ciudad. Tenía cuatro enormes plantas a las que se accedía mediante escaleras mecánicas o ascensores y donde el cliente podía encontrar toda clase de libros más malos que buenos, calendarios, gominolas, agendas, cuadernos y un largo etcétera. La imagen de nuestra protagonista dentro del libercado distaba mucho de la de la típica vendedora de libros que, catapultada detrás de unas viejas estanterías de madera lee un libro entre el polvo y el silencio hasta ser interrumpida por la clásica y adorable campanita de la puerta. Ella corría, subía y bajaba escaleras, buscaba libros en una base de datos o en las estanterías (todo ello a la máxima velocidad posible y sin detenerse a respirar) para entregárselo a un cliente normalmente malhumorado y maleducado que se acercaba al libercado más con la intención de soltar toda su rabia y frustración al primer trabajador que se cruzaba en su camino que para comprar un libro.

En aquella sociedad de la supergalaxia, ese dicho que afirma “el cliente es el rey” era un hecho constatable, a veces el cliente era rey, el emperador e incluso dios. El nivel económico de aquella sociedad había crecido como la espuma en las últimas dos décadas, es por ello que la clase media empezó a comportarse con la arrogancia y engreimiento de la vieja nobleza pues, al fin y al cabo, ellos pagaban y por lo tanto tenían derecho a todo. Una lluvia de quejas absurdas llovían sobre ella cada día como los ladridos de los perros le llueven a la noche, aunque estos tienen más sentido pues piden companía o alimento, mientras que los otros gruñen porque el libercado se les ha quedado pequeño a pesar de tener cuatro plantas o porque los trabajadores no conocen al autor mjkhdgs y eso es una vergüenza, pues en teoría ellos deben conocer y haber leído los 2564879154786921147525585 libros que se venden en el libercado ya que tienen todo el tiempo del mundo para ello. Nuestra protagonista era asediada cada día por decenas de estos extrahumanoides con su cuerpo humano y su cabeza de piel babosa, grisácea y resbaladiza, con sus inmundas bocas de dientes afilados que sobresalían de lo que se podría llamar labios. Sus pequeños y múltiples ojos observaban todo críticamente mientras en ese lenguaje incomprensible entre el gruñdo y el siseo hacían saber qué libro querían consumir. Ella lo buscaba y lo lanzaba a sus terribles fauces tras lo cual ellos lo atrapaban satisfechos con un golpe de sus mandíbulas y se iban sin dar algún sonido de agradecimiento.

Cuando no había clientes, el trabajo pasaba a colocar los libros que, como ladrillos de papel, no dejaban de llegar en grandes cajas de plástico azul. Era una tarea automática y pesada. Mientras la llevaba a cabo, con una resignación difícilmente superable, se imaginaba que estaba en otro lugar, en otro tiempo normalmente futuro en el que habría logrado sentirse satisfecha con su vida profesional, en el que emprendería algo que enriquecería su mente y saciaría su espíritu en vez de romperlo desde dentro. Un lugar y momento futuro en el que no la tratarían como un gusano sólo porque era una inmigrante. Seguía con su tarea y colocaba los ladribros pasando de vez en cuando por aquel rincón del ostracismo al que habían condenado a los clásicos galácticos. Al lado de estos se encontraban las estanterías de bestseller que crecían sin parar con esa literatura de coktelera, mezclado no agitado, en la que se han introducido los ingredientes de lo vendible para crear esa novela estereotipada que se consume en masa, como la coca-cola. Todo ello la resultaba tan asqueroso, que el asco la subía a la garganta y no la deja respirar.

Entre las estanterías se movían sus compañeros de trabajo en sus cápsulas espaciales individuales. Estas capsulas les protegían del contacto con los demás, puesto que sentir algún sentimiento por los demás trabajadores que no fuera competitividad debilitaba su sistema inmunológico de tal manera, que en tres días encuentraban la muerte por humanidad. Dentro de las cápsulas se sentían seguros y conspiran para mantener su estatus y lograr un puesto más importante, siempre mejor que el de los demás.

Lo cierto es que, dentro de lo incompresible, allí todo tenía su lógica, aplicable al planeta entero. A pesar de ello, aquello era demasiado para alguien que se negaba a meterse en una de esas cápsulas individuales y que no quería protegerse de todos aquellos valores e ideas en los que siempre había creído. Así, lanzada por las circunstancias a un mundo sin sentido, sólo podía entregarse a esa resignación tan negra compartida por tantos inmigrantes. Volver no era una posibilidad, aunque a veces se le pasara por la cabeza.

Nueve de la manaña, el libercado abre sus puertas y deja pasar a las hordas que ya se amontonan en la puerta. Ella inspira profundo y piensa -sólo un día más, es sólo un día más-.

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El primer cliente del día ya exigía su producto.

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De futuros inciertos

O me hago vendedora de libros (Ausbildung incluído) o me voy a Salzburg, así son las cosas. Vivo con la incertidumbre de aquel (españolito o no) que ha dejado todo para buscarse la vida, del que sobrevive del pluriempleo y del que, tras siete años en la universidad, ya no puede rondar sus adorados libros y ha de dedicarse a esto o aquello.

Esto es una cosa que sólo se comprende si se ha hecho alguna vez. Si se ha dejado lo cómodo y cotidiano por perseguir los sueños con todas las consecuencias. Que nadie se confunda, hace falta valor y mucha mucha paciencia, nadie deja todo porque se rinde, se deja todo por que se cree que algo mejor es posible, aunque cueste conseguirlo. El proceso de tirar la comodidad por tierra y de olvidarse de los golpes de suerte dura su tiempo, y al final uno descubre que es libre, que si le llaman mañana de un puesto de trabajo en Francia, en Italia o en Finlandia se iría sin más, sin remordimientos. Estaría dispuesto a sufrir el aprendizaje de otra lengua, con sus etapas de “no puedo aprender más” y de “cuanto más aprendo más me doy cuenta de que nunca la controlaré del todo”, se divertiría con las diferencias culturales y se adaptaría a otros horarios de luz o a no ver el sol más que dos veces al año.

Es bonito ver cómo uno se ha transformado, cómo se ha librado del peso de las costumbres, de lo conocido y de las cosas. Es bonito tener el valor de cambiar las cosas, tener las sandalias de Hermes.

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