Archivo mensual: agosto 2011

Apocalypse, please

Subía los escalones de mi niñez, jadeando, cada vez más cansada, más asustada. Después, una imagen terrorífica, un espasmo violento: me desperté gritando. El resto de la noche la pasé acurrucada en una esquina del colchón, sintiendo la presencia de algo malo que me acosaba desde la puerta. No podía moverme, levantarme a cerrar la puerta y dejar los monstruos fuera era imposible, así que no dormí hasta el alba, media hora antes de las siete.

Encendí la luz del flexo, y me quedé rumiando un dolor de cabeza insoportable, mientras continuaba notando esa presencia, pero esta vez, y tras haber levantado la persiana, fui directa a la puerta y la cerré. Salir después por la puerta y sentir el aire frío, fue toda una liberación.

Justo ayer hablaba de mis pesadillas, retomaba episodios de mi niñez: basta que remueva los posos para que regresen, o como escribí hace mucho tiempo “son fantasmas que esperan un ópalo de sangre viva, para volver”…

Si el fantasma desenrosca todas las bombillas de tu cuarto mientras duermes…¿volverá el miedo sobre sus pasos? ¿Atropellaré con mis dedos el caos infinito? Por el momento es el miedo, el sonido de pasos, las sibilas, los perros negros.

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Muchas preguntas

El otro día, mientras esperaba el autobús para ir a la piscina, llegó una mujer. La conozco de verla otras veces en la parada, y también porque cuando era pequeña, su hijo me invitó a su cumpleaños, toda una efeméride en mi maravillosa infancia. Mientras ambas nos quejábamos por la deficiente empresa de autobuses que pasa por el pueblo, la mujer intercalaba algunas preguntas sobre mis estudios o mi futuro más próximo, yo le pregunté por su hijo, y hablando de él estábamos cuando la mujer que vive en frente de la parada, salió a tirar la basura y de paso, saludó a mi interlocutora.

– ¿Cómo estás? ¿qué tal lo llevas?

– Bueno…pues como se puede, se lleva como se puede

– Ya sólo te queda pasarlo

– Sí, lo único es que siento mucha impotencia, porque hemos luchado hasta el final, pero no ha servido para nada

– Sí, eso es lo peor de todo…- dijo la señora, mientras cruzaba la carretera, en dirección a su casa, dejándonos solas-

– Es que se ha muerto mi hermana, ¿sabes? hace unos quince días.

Yo sólo murmuré un “lo siento”, y después, dejé que hablara. Lo necesitaba. Nos subimos al bus, y me senté a su lado, ella continuó hablando, y aunque trataba de disimularlo, me di cuenta de que se secaba las las lágrimas por debajo de las gafas de sol de vez en cuando.

– Hemos estado con ella hasta el final, no sé, te haces muchas preguntas.

Ella se bajaba en el pueblo siguiente, me despedí dándola ánimos, pero el bus reanudó la marcha y entonces fui yo la que continuó haciéndose muchas preguntas. Como no, me acordé de ella, no lo pude evitar, me acordé de Loreto, me acordé de su madre. Recordé aquel amor tan desbocado que apenas acababa de nacer, recordé ir en un bus, con las lágrimas temblándome en los ojos, recordé el miedo, la pregunta, “¿qué vamos a hacer?”.

Era jueves, lo recuerdo perfectamente, yo aún remoloneaba por la facultad con un montón de libros bajo el brazo,  estaba a punto de irme, las luces estaban casi todas apagadas y el conserje me metía prisa para que abandonara el edificio. De pronto la llamada, así, de súbito, un flechazo a la incomprensión.

– Pero, ¿cómo puede ser? Es mentira, ¿verdad?

-No- silencio prolongado- No es mentira.

                                                                            *                                                            *                                                                   *

Por la noche, volvíamos en coche a casa, cansados de la piscina, del trabajo, del libro, de los Simpson, de internet. No recuerdo de qué íbamos hablando, de repente, levanté la mirada, que se deslumbró de pronto por los faros de un coche, haciendo un adelantamiento Kamikaze. Lo siguiente, un grito, me agarré al brazo del pianista, mientras con la otra mano aferraba el volante con todas mis fuerzas. Un volantazo violento, y después una fuerte opresión en el pecho, mientras el coche se detuvo en seco. Me temblaban las rodillas: estábamos parados en medio de un carril de la nacional 401, dando mil gracias a que en el momento nos encontráramos justo a la altura de un desvío, lo que nos permitió más margen de maniobra, pero si no hubiera habido esa suerte, ¿qué nos hubiera pasado?

Y continué haciéndome muchas preguntas, en el trayecto que restaba, camino a casa.

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Aire libre

Si algo me gusta, es vivir.

Ver mi cuerpo en la calle,

hablar contigo como un camarada,

mirar escaparates

y, sobre todo, sonreír de lejos a los árboles…

También me gustan los camiones grises

y muchísimo más los elefantes.

Besar tus pechos,

echarme en tu regazo y despeinarte,

tragar agua de mar como cerveza

amarga, espumerante.

Todo lo que sea salir

de casa, estornudar de tarde en tarde,

escupir contra el cielo de los tundras

y las medallas de los similares,

salir

de esta espaciosa y triste cárcel,

aligerar los ríos y los soles,

salir, salir al aire libre, al aire.

 

Blas de Otero.

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“Vacaciones”

Esta mañana, tuve conciencia de mi misma en el autobús. El conductor siempre para en el horno del pueblo, se baja y compra una barra de pan, siempre sucede lo mismo en el bus de las ocho; me coloqué los cascos preguntándome por qué agradecía tanto volver al trabajo, y sin embargo por qué me costó tanto levantarme de la cama, posar mis pies desnudos en el suelo y sostenerme sobre los tobillos; la interrogación se cerraba con un punto que afirmaba pesadamente: quince días de asfixia, de mañanas muertas, de tardes repetitivas que consistían en un lamento de lo acontecido por la mañana, no hubo ni un trozo de soledad sin alguien gritando mi nombre, he aborrecido las tres sílabas. Deseaba más que nada, volver al despacho, a los libros, al silencio,a esta dulce sensación de sueño.

Parecía que la casa se estrechaba cada vez más impidiéndome la huída, sustituyó mi sangre por una aleación de plomo y acero inoxidable de cazuelas y cacharros, no podía hacer otra cosa que quedarme, que subir y bajar descalza las escaleras, que esconderme debajo de la cama, como una pelusa. Cuanto más tiempo permanecía entre sus muros, más me costaba poner un pie fuera, era cansancio, la casa absorbía toda mi energía, como un vampiro emocional.

Yo soy una persona de aire libre, de sol, de calle y paseo, mi mayor anhelo está siempre fuera, en los espacios abiertos. ¡La casa me había hecho su prisionera! Incluso me obligó a leer mala literatura, poemas de esta gente que escribe rimas al estilo de “soy más feliz que una lombriz, pero nunca seré una emperatriz”, Por favor, ¿qué les pasa a los Best Seller? Que alguien me recomiende un libro por el amor de dios, tengo la mente tan embotada en estos veranos infernales, que no tengo ni ganas de leer lo que debería, con la pila de libros buenos que tengo pendientes, ¿qué me está pasando?

Y por fin, me vino como en un fogonazo, la frase del pequeño Vincent Maloy: “Estoy poseido por esta casa…Nunca volveré a salir…”, e inmediatamente, para aliviar mi sufrimiento, creé en mi mente una imagen de octubre, de hojas, de cumpleaños y jerseys.

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