Archivo mensual: septiembre 2011

El pedalier de los ingleses

He de admitir (sin ningún ánimo de faltar a los ingleses, ni a Händel) que cuando leí lo siguiente no podía parar de reír. Me encanta cuando alguien desmantela al enemigo cargado de razones, y con la clase y educación de todo un caballero. En este caso, el caballero que desmantela al enemigo, con una pluma afilada como el demonio, no es otro que Carl Philip Emanuel Bach.

Resulta que el musicólogo Charles Burney (1726-1814), cometió la desfachatez de comparar al señor Bach con Händel, del siguiente modo: “Estoy igualmente convencido de que sus mejores arias de ópera italiana, tan variadas en el estilo y la sensiblidad del acompañamiento, sobrepasan las arias de todos los compositores antiguos o contemporáneos de toda Europa; de que tiene más fuego que Corelli en sus partes para violín y más ritmo que Geminiani; de que en sus fugas para órgano, tan densas, magistrales, soberbias, sobre los temas más naturales y placenteros, sobrepasó a Frescobaldi e incluso a Johann Sebastian Bach y a los demás alemanes que son los más célebres en este difícil y arduo modo de componer”.

La respuesta de C.P.E. Bach, no se hizo esperar: ” Tengo diversas razones para estar poco satisfecho con el señor Burney. En el caso de Händel, se constata igualmente lo que ocurre con otros: cuando se quiere deificarlos, se les pone en dificultades. Las comparaciones son odiosas y deberían evitarse [pero] Keiser le sobrepasa ampliamente en canto y […]. No era, por lo demás necesario, ya que era bastante grande sobre todo gracias a sus oratorios. Pero escribir que en el órgano ha sobrepasado a mi padre, nadie debería osarlo en Inglaterra, donde no hay más que órganos insignificantes y, subrayémoslo, sin pedalero, donde no se tiene verdadera idea de lo que la interpretación de órgano y donde, sin duda, no se han visto ni oído jamás obras para órgano y donde, ciertamente, no se conocen las obras para teclado y, en particular, para órgano de mi padre, ni en lo que concierne a estas últimas el uso obligatorio del pedal, al que se confía ya la voz principal, ya la parte de alto, ya la de tenor, y esto siempre en fugas en que una voz no se pierde nunca, donde se encuentran los pasajes más difíciles, donde además los pies trabajan con  el mayor fuego y el mayor brillo y, en fin, innumerables cosas de las que el señor Burney no sabe nada […]. Hablemos seriamente: la diferencia no podría ser mayor. ¿Compuso Händel para dos teclados y pedalero? ¿Compuso fugas para teclado solo a cinco y seis voces? Evidentemente, no. Toda comparación es, pues, vana. La distancia es demasiado grande. Basta examinar las obras para clave y para órgano de los dos”.

 

Tomado del libro Historias de la Historia de la Música, Ed. Robinbook, 2011.

 

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El secuestro

Preparo las maletas y siento un vértigo placentero en el estómago. He envuelto toda mi ropa con libros, tanto que no alcanzo a distinguir si voy a vestirme de páginas, o a cubrirme las manos y las orejas con las tragedias de Shakesperare. Es muy común que, antes de dar un paso importante, me ocurran acontecimientos de lo más inverosímiles, mi teléfono móvil es un buen testigo, pero calla como una tumba cuando intento comprender.

Se dio mucha casualidad para que en ese momento contestase a las llamadas: suelo tener el móvil en silencio, así que es como si no lo tuviera. Me coloco al borde de la cama y respondo tímidamente, después, toda una horda de palabras que no significan nada. Supongo que hay personas a las que les encanta hablar todo el tiempo de sí mismas, pero hoy sus logros, sus medallas, me suenan a amenaza; su repentino interés, al sonido de cristales rotos.

“Or rats’ feet over broken glass, In our dry cellar”

Ahora es tiempo de despedidas, de adioses, fotografías secuestradas hasta nuevo aviso.

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Apuntes del natural

Me asomo a las bocas, vertiginosasy oscuras como simas: escucho el sonido del belcro provocado por la separación de los besos, me retrotraigo al beso corto y breve en un patio de armas, bajo una claraboya de luz insignificante. Tomo apuntes del natural tecleando en el teléfono móvil, siempre en silencio, sin esperar a nadie al otro lado.

Voy a la playa, vuelvo, vivo las vidas de otra gente colocándome sobre sus pies, saltando de huella en huella, analizando el lugar en que apoyan el peso de sus escombros, si el talón levanta demasiada arena. Después me aproximo a sus querencias observando qué conchas recogen de la arena, grandes o pequeñas, como en un juego psicoanalítico vacacional:

– Las conchas pequeñas son otra cosa- me digo mientras la palabra regreso aprieta mi pecho y los recuerdos distorsionados se me suben a la cabeza.

Me fijo después en las montañas, parecen evaporarse con la niebla que se arremolina sobre las copas de los árboles, invadiendo etérea todo espacio, tendiéndonos sus brazos de bruma, para elevarnos hacia arriba, para que nunca tengamos que volver. Mirándome las manos descubro que por sus líneas pasan caballos, como por la orilla del mar, tan dignas, las huellas de los perros.

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De libélulas

Se escurre un almendro en flor entre mis acuarelas y el agua: la estampa japonesa está hoy en la calle, en las camisetas de las adolescentes, en mi vestido de pájaros rojos, en los ojos de Meisho Edo.

Acaricio con las yemas de los dedos la lámina, me hundo en  los nudos de sus planchas, me degrado hasta el azul, me cubro con el papel de una sombrilla, sombreo mis labios con rojo, dibujando una curva que regresa y se contonea graciosa hasta la leve comisura. Hoy he escuchado un poema de la vida alegre, cuando oí cantar al hombre que recoje la basura de las papeleras, ofrecía una lección soberbia a cualquiera que pasaba, a cualquiera que quisiera recibirla. Lo incluí con un trazo rápido del lápiz.

No se habló más de la mariquita que se posa intempestiva en mi mano, de la libélula multicolor en mi puño, de su vuelo magistral entre los arbotantes.

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