Archivo mensual: octubre 2011

En el último sótano de la tierra

“Me encantan esos momentos, cuando escuchas jazz en el último sótano de la tierra” Silvia Otero.

El hombre venía armado con una trompeta dorada, amenazaba madrugada; el que venía con él se metía en las entrañas del piano, arañando sus cuerdas, caminaban con el otros dos músicos: todos ellos se unirían después para mecerse en los oídos de los allí presentes, en un local oscuro, pequeño y familiar. En el último sótano de la tierra.

A pesar de lo recóndito del lugar, no tenía ojos suficientes para tanta belleza, no me alcanzaba el oído. El percusionista era mucho más que excelente, tenía la versatilidad de un músico urbano, daba peso y conjunto a todo lo demás, daba fin y comienzo: hasta que el plato no dejaba de vibrar, no caían los aplausos sobre sus cabezas, como aleteos de palomas aturdidas. Formábamos todos un cienpiés enorme, golpeando el suelo con el ritmo del bajo, dando el golpe de gracia a la par que el bombo o la caja. Como uno sólo, hipnotizados por el ritmo, intrumentos del sonido que retumbaba en nuestros pulmones.

Cuando llegué a la sala, vi la que habían retirado la tapa del piano: pensaban invadir toda la habitación, chorrear por las paredes, refrescarnos y retirarse, como un amante satisfecho. La sencillez con que salieron al escenario, se llevó la simpatía de todo su público. Es crucial como toma posesión de la música aquel que la produce y la siente, y la humildad con que el cuarteto tomó sus instrumentos, las sonrisas, los continuos guiños y el ensimismamiento que reflejaban mientras tocaban, completamente invadidos por la música, hicieron que disfrutara más si cabía, hicieron que de nuevo mi alma subiera a las azoteas. Hormigón y sol en los tejados.

La trompeta traía el frío de las cinco de la mañana, las calles mojadas, el reflejo de las farolas ajenas: la sombra, el cansancio. A veces sonaba como un animal herido, como un aullido, pisadas en un charco. Sus destellos dorados en la oscuridad del local,  eran fugaces e intensos, se perdían en segundos. Vi al hombre abrazarse a ella, como se abraza al amor perdido, con dolor y respeto.

El piano daba el cristal, el susurro articulado. Un brillo tenue y oscuro que desbordaba aquel sótano, el primero o el último del planeta tierra.

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Con la lluvia de la mano


Otra vez la lluvia, el otoño alemán es más que húmedo: las hojas se quedan pegadas en las aceras, las manos en el regazo de los andenes, donde una se resguarda hasta quedarse dormida entre algún loco y la paz de las palabras que no conoce.

Iba a Bonn, no se cómo, pero de pronto estaba en una parada de autobús, directa a la estación de tren. Al contrario de lo que se pueda pensar, los trenes en Alemania (al menos en esta región) siempre llegan con retraso; uno se pasa más tiempo esperando que viajando dentro del tren, y a propósito de esto, el viaje se hace eternamente largo.

Desde las ventanas del vagón se veía como el cielo iba oscureciendo, y cuando llegué por fin a Bonn, llovía intensamente. Nada mas salir de la estación, se ve una iglesia enorme en la que no tuve pudor de entrar, primero por verla y de paso, por resguardarme de la lluvia. El pianista, que venía conmigo, estaba casi obsesionado por ver el órgano: adora los órganos alemanes, y no le quito razón; pero al entrar a la iglesia, nos la encontramos abarrotada de gente, todos con una vela en la mano, como si fuera la noche de Pascua. Escuchamos en la tribuna afinar a una orquesta. No podíamos estar más sorprendidos al ver todo aquello, cuando nada más poner el pie dentro de la iglesia, un señor nos colocó en las manos una vela y un pequeño cuadernillo con canciones (algunas en latín y otras en alemán), y pentagramas cargados de notas para seguir la melodía. Ni cortos ni perezosos, allí nos plantamos, a los pies de aquella preciosa iglesia, justo debajo del órgano y, cuando aquella misa comenzó, incluso abrimos el cuadernillo y cantamos la primera canción en alemán, como si viviéramos en Bonn de toda la vida y fuéramos grandes devotos de San Cassio y San Florencio, patrones de Bonn, cuya fiesta se celebraba ese día a la hora punta en que ambos dos entramos en la iglesia. Cosas que pasan.

Después de nuestro debut (Wer unterm Schutz des Höchstern steht….), salimos a la lluvia, y por fin, vimos la estatua del maestro. Nos colocamos allí delante, sintiéndonos pequeños y miramos hacia arriba. Beethoven, con una pluma en su mano, por cuya punta goteaba la tinta que caía del cielo, con un rostro mojado y duro, que se hacía difícil contemplar. Beethoven.

Después paseamos hasta llegar al Rin, donde el viento volaba mi paraguas y congelaba mis manos. Siempre que contemplo este río, siento lo intransitable de sus orillas, y el frío de sus aguas se me enreda por el cuello hasta la boca. La delicadeza de unos dedos pequeños aferrándose a la barandilla, asustados. Me di la vuelta al llegar a la mitad del puente, caminando sin prisa hacia la espera de la estación.

 

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Lully en el fin de lluvia, el domingo por la mañana

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Confusiones ideomáticas

Ya afincada oficialmente en Aquisgrán, con la habitación desordenada,  la compra hecha y los libros por el suelo, puedo decir que adoro esta ciudad. No es para menos, tiene un no sé qué de magia en las calles, en los cafés: tiene breve a la lluvia, deslizándose veloz por esos tejados tan apuntados y vertiginosos, tiene muchas hojas rojas desperdigadas por el suelo. Hay en la esquina de mi calle, la estatua de un barrendero, al que como podrán comprender, en estas fechas no le falta trabajo: una pasa por allí a cualquier hora y su metal sonríe, mientras su cepillo recoge el otoño que cae.

Me encuentro aún, un poco perdida, como si no me hiciera bien a la idea de que estoy aquí. Chapurreo algo de alemán en los restaurantes, pero me siento insegura, así que siempre termino las frases en inglés. Suelo comenzar a hablar con una disculpa y, después pienso lentamente en las palabras: el alemán es un idioma tremendamente lógico. El otro día, mientras tomaba un café con mi amiga Kristine, me reafirmé en esa lógica aplastante: hablábamos de que aún no había ido al ayuntamiento a inscribirme, ella me preguntaba si recordaba la palabra alemana para ayuntamiento, que no es otra que Rathaus; inmediatamente, me eché a reír y dije:

– Claro, esa palabra seguro que es un préstamo del inglés…¡La casa de las ratas!

Ella cayendo en la cuenta, soltó una carcajada. No quedó ahí el juego ideomático, sino que, al igual que el idioma, los alemanes son personas también muy lógicas. Mientras hablábamos, saqué del bolso un mapa de Aquisgrán y alrededores, y le señalé una zona fuera de la ciudad en la que aparecía un parque con un lago y un cementerio:

– Quiero ir a este sitio, tiene que ser muy bonito, ¿has estado allí alguna vez?

– No, pero ¿Porqué quieres ir a un cementerio?

– Bueno, a mi los cementerios siempre me han parecido un buen lugar de reflexión, además, como este año hemos trabajado con la antropología de la muerte, estoy interesada en ver algún cementerio aquí

– Ya, pero ¿porqué te interesa tanto ir a un cementerio? ¿es por las flores?

La carcajada fue mayúscula. Mi amiga alemana no comprendía porqué alguien quiere ir a un cementerio si no está muerto o no va de entierro. La conversación continuó por los terrenos de la antropología, con una amiga teóloga, las conversaciones son siempre interesantes.

Pagamos la cuenta, caminamos por las calles hasta mi casa: el barrendero de hierro siempre me indica el camino, un camino de ocres hasta el siete de mi portal.

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