Archivo mensual: enero 2012

Kinokasse

La palabra trae tristezas. Con los ojos apoyados en la ventana, repiquetea el plan trazado a mi espalda. Incomprensión. Carcajada. Desconcierto.
Por el periódico ha pasado la noticia de lo extraño, el artículo de opinión dice que se siente como cualquier cosa que va de mano en mano, pendiendo de los intereses de cada cual: defender o atacar. Las piezas están dispuestas, empieza el juego y es propio ahora aprovechar la distracción del adversario.

Miro hacia la Kinokasse y me siento igual de confusa que estas estatuas de superhéroes de la marvel. Detrás de ese letrero, hay un pasillo oscuro, lleno de flechas luminosas que conducen a la misma jaula de siempre.

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Twilight galaxy

Did they tell you, you should grow up
When you wanted to dream.
Did they warn you, better shape up
If you want to succeed
I don’t know about you, who are they talking to?
They aren’t talking to me.

I’m higher than high
Lower than deep,
I’m doing it wrong
And singing along

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El lunes huele a café

Un pequeño tugurio para tomar café, el mejor café de la ciudad en nueve metros cuadrados, entre la montaña de revistas y los azucareros. Van los pasos directamente allí, como la costumbre de los lunes, como una reunión secreta a media tarde. Al salir nos sorprende la lluvia, una lluvia intempestiva que llegó sin anunciarse y cae liviana sobre nuestras capuchas de algodón. Me comentan que Napoleón dijo que Aachen era el lugar donde más llovía, precisamente hablábamos de él antes y de las estampas de aguafuerte y buril. Se fue la nube que bendijo nuestro breve paseo, a una clase de matemáticas, al supermercado.

I’m looking for an interruption,
do you believe?
You looking to dig my dreams
Be prepared for anything
You come into my little scene
Hooray hooray hip hip hooray
There’s one thing I can guarantee:
You won’t have to dig, dig too deep

Said leave me to lay, but touch me deep,
I don’t sleep, I dream
I’ll settle for a cup of coffee, but you know what I really need …

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Vuelta a la lluvia

En Aachen estaba lloviendo, eso para empezar. Aquella lluvia puso el punto y seguido a mi viaje, que comenzó a las nueve de la mañana y acabó trece horas después: con restos de raíles, tierra y nubes insertados en mi bufanda pisoteada y arrastrada de una casa a otra. Cuando llegué a esta ciudad, pude sentir esa noche cerrada del norte, mientras el último tren se alejaba entre chirridos, y al tomar la Jakobstrasse, inmediatamente después de salir de la estación, pude intuir la silueta de la torre de una iglesia entre la bruma, que se alzaba, con ese remordimiento historicista, afilada y digna desde los pies hasta la veleta. Esta imagen y el placer del regreso me hizo jurarme que para mí, es este país como mi segundo hogar: tras trece horas de viaje, suspiré aliviada mientras caminaba cansada hacia mi casa, con la carraca de las maletas en mis talones y esa lluvia, que no perdonaba mi paso, que se escurría por mi abrigo y se asomaba a la luz de las escasas farolas que iluminaban la calle.

Ahora, por la mañana miro el cielo con su característica luz mortecina, alegrándome por mi vuelta, toda una suerte de árboles desnudos, como rayos de madera cubiertos de musgo. Observo como aún las hojas muertas se resisten en las aceras, a la espera de una nieve que no acaba de llegar. Vuelvo a mecerme en las diéresis que anuncian que habrá otras estaciones, pero que al pisar este suelo ajado de heridas, al leer otra vez estos letreros, siento la paz de aquel que regresa lejos de su hogar, a casa.

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