Archivo mensual: febrero 2012

Pulsión

Las pulsiones, la chispa. Lo impredecible, la belleza de lo incierto, la intuición. Todo ello tan lejano a un proceso intelectual y que, sin embargo nos conduce a la acción, a la creencia. Creemos que podría ser y esa creencia no fijada, pero sin embargo viva, nos impulsa a hacer una u otra cosa, porque reside en nuestra voluntad, se ha colado ahí y no sabemos cómo. Leo estas ideas redactadas por la pluma de otros, de los que se dieron cuenta de la humanidad del humano. Me veo a mi misma, sentada en una acera, olfateando el frío y nada más, mientras esos pájaros teoréticos sobrevuelan mi cabeza lanzando picotazos agresivos. Convencida de que esas pulsiones no implican la estupidez o inconsciencia de la persona que las siente, convencida de que tampoco suponen ni el olvido ni una remota acusación de locura, segura de que hacen ser al humano algo más que un ciborg que toma café mientras discute sobre qué hacer, desparramando sus tuercas y engranajes encima de la mesa, roto por el pensamiento y con los guiones de su plan de crecimiento personal clavados en el pecho de hojalata. Se abre mi frente y me cae por la cara un miedo pegajoso como el pegamento, que al retirarse queda como un velo de prudencia, como la plata que silva y sisea en mi mano derecha: el animal prudente, que muda su piel en haras de adaptarse a los otoños, uno detrás de otro. No es tan sencillo asomarse a estos abismos, allí donde la Hécate espera que decidamos el siguiente paso.

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“El tema es tan evidente que no hace falta insistir -la Reina de las nieves y sus desiertos, helados palacios del intelecto se oponen al amor, la cordialidad, la realidad humilde, imperfecta, si se quiere, de la vida. Es el dilema entre lo perfecto pero muerto, y lo imperfecto, pero vivo”

Alberto Adell

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Interrupción

Me paro en seco. Detengo mi paso y digo la verdad. El miedo bajo mis pies es tan resbaladizo como las aceras cubiertas por estos filos de hielo. La confusión es tan grande que no puedo mover un músculo, no sé dónde estoy, me ciegan estos grados bajo cero, mi piel se queja en esta cama ajena. No quedan abrazos suficientes, y al despertar tranquila, se va nublando la mañana, como siempre ocurría en mi cabeza, que equivocaba locuras con el invierno, en el centro de esta ola de frío en la que se confunden las lágrimas con trozos de espejo. Me detengo, con esa soledad necesaria, a pensar en mi propia maldad, a escuchar el eco de tu rabia, la sangre en tus nudillos: tú que cierras las puertas, llama dentro de mí.

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