Archivo mensual: abril 2012

Los doce trabajos

Porque nos ponemos así cuando llueve y tiramos las miradas al suelo, pegajosas, como trozos de mermelada. Siento como me sube el NO a la boca del estómago mientras guardo la compostura, sentados en la misma mesa, removiéndonos en el asiento. Me pregunto porqué cedí, porqué escucho todas esas opiniones disfrazadas de consejos. No tiene lugar la discusión y todos hablan a la vez, se me mezcan en el cráneo las palabras.

Pero ya está, el pánico vuelve al imprimir fotos de pareja, como un mal presagio. Me enfrento a la impresora totalmente decidida y serena, como si fuera a vencerla. Los doce trabajos. Pienso en las veces que se nos entierra antes de morir, metiendo todo nuestro amor en cajas, las cartas, las postales, las fotografías, el funeral de los besos que ya nadie llora en un polvoriento sótano. Escucho como las letras escritas se revelan desde el más allá, retorciéndose en su ataúd de cartón.

Al final, todo cabe en una caja. Incluso lo que nos hemos dejado por el camino. Nos han enterrado vivos, y hemos enterrado a otros. Cuántas vidas nos quedarán? Cuántos intentos?

Hablo de la nada que queda en el alma de las cosas, de que no se nos concede el olvido.

Hablo de los rincones comunes, de la sombra cercana que cae, como una advertencia.

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Agotarse

Se nos agotan las ciudades. En cada adoquín hemos dejado una historia, en cada café una confesión, un beso en cada esquina. Tan alto es el ruido que hacen al agotarse: los edificios caen, las catedrales, con sus cúpulas, pertenecen al polvo. La contaminación del tiempo, de la vida que hemos dejado, nos pesa, como todas esas fachadas de piedra que ya no podemos comprender.

Este improvisado jardín inglés que crece ante mi ventana, es algo temporal, una naturaleza muerta, rota por esa odiosa baradilla de metal que da paso a la carretera. Y al otro lado los trenes, noche y día: cuando los escucho pienso en el viento frente al mar, o quizá en las mismísimas olas, y ese arrullo me ayuda a quedarme dormida cada noche. Pero también se me agota esta casa. Hogares como estaciones en las que sólo te quedas por un tiempo.

Parece que hoy no es un buen día para la fotografía: esta luz gris, mortecina, mensajera de la tormenta cercana, invita a meterse en la cama y no despegar los ojos del libro en toda la tarde. Es domingo, qué le vamos a hacer, el tedio llega. También para ti, que necesitas odiarme, desde el febrero que ya no habitamos: odiame fuerte y cauteriza toda mirada en tus retinas. Mis ojos ya no lo son.

Y la ciudad se desarma como un puzle que cae al suelo, como sus cabellos; se clava, del mismo modo que esas agujas se insertan en el dorso de su mano. 

 

 

 

 

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Noche

– Y esa mirada?

Silencio en el campo de visión.

– Tírala a la basura.

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En los trenes

A veces, la vida se detiene
y te quedas quieto,
escuchándote respirar.
De la intimidad de sus ojos a los paisajes fluviales: mi mirada va dando saltos, barriendo las migas de los horizontes arenosos, esos que se intuyen en los trenes llenos de gente, debajo de los abrazos.
Tras el pitido que anunciaba el cierre de las puertas y entre todas esas luces parpadeantes, el dedo de una madre profetizó en el cristal polvoriento un corazón, que quedaría flechado por los kilómetros por hora, a pesar de la lluvia del sur de Alemania.
Salté con sus pies a otras fronteras, mientras el viento jugaba con las veletas de su jardín. De la conversación de después de la cena, me queda el sabor del licor de frambuesas y la soledad del salón pasadas las doce, con una luz cálida y amarilla sobre la mesa, armonizando lo que era imposible.
Esa tienda de ropa de los años 60 habla sobre su chaqueta americana, sobre las gafas de sol; también de las botas usadas que rescatamos del armario, como un saco lleno de pasos que se defienden, clavándonos las uñas en lo más frágil de la memoria.
A veces,
la vida se detiene,
En calma y a pesar de todo,
También la felicidad
Se llora.

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