El Puente de Carlos

He vuelto a tener otra vez esa clase de sueños que tanto echaba de menos, esos sueños cargados de símbolos en los que me gusta permanecer y donde experimento sensaciones que normalmente el mundo real no me ofrece. Esta vez estaba en Praga justo a la entrada del puente de Carlos; en mi sueño el puente estaba desierto, algo que contrasta con el estado del mismo cuando hace algunas semanas visité la ciudad de oro. Llovía, llovía a cántaros, el cielo estaba muy oscuro y las estatuas de santos y vírgenes que custodian el puente no eran más que sombras oscuras incapaces de ofrecer esa candidez con la que aparecen en las fotografías de los turistas. Yo quería cruzar el puente en dirección al Castillo. Dándome cuenta de todo lo kafkiano de mi intención, caminaba lentamente por el puente disfrutando de aquella lluvia, de aquel lugar, de las siluetas de los edificios que se podían intuir al levantar la mirada. Nada en el alma pesaba, sonreía levemente como si allí a donde me dirigía fueran a recibirme con una chimenea crepitante y una buena historia o leyenda de las muchas que se cuentan en la ciudad. Sin embargo era  al mismo tiempo consciente del camino mismo, de las huellas que yo dejaba en él y de las huellas que él dejaba en mi, de los arcos del puente, los puentes, que tanto ha dado que hablar a los poetas.

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