Archivo de la categoría: Café Kittel

Y la noche cae

Desde el grito hasta el tópico, de nuevo aquí. El invierno es más suave que acostumbra en la frontera, puedo salir a la calle con el abrigo de paño, sorprendida mientras pienso que hace no tanto veía el este de la ciudad por mi ventana y que ahora vivo justo en frente de esa torre que se dibujaba entre la lluvia. Y aquí estamos, en el prometedor extranjero, buscando un lugar. Parada, después de haber vivido tan deprisa, mis días de 25 horas…

Las ideas no encuentran dónde posarse y los bocetos de mis pasos futuros no acaban de pasar a la tinta definitiva. Y puedo ver, cómo de esos cielos intempestuosos del principio, ha quedado un tranquilo cielo nublado que ya no amenaza tormenta, sino que se deja empujar por el viento.

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Confusiones ideomáticas

Ya afincada oficialmente en Aquisgrán, con la habitación desordenada,  la compra hecha y los libros por el suelo, puedo decir que adoro esta ciudad. No es para menos, tiene un no sé qué de magia en las calles, en los cafés: tiene breve a la lluvia, deslizándose veloz por esos tejados tan apuntados y vertiginosos, tiene muchas hojas rojas desperdigadas por el suelo. Hay en la esquina de mi calle, la estatua de un barrendero, al que como podrán comprender, en estas fechas no le falta trabajo: una pasa por allí a cualquier hora y su metal sonríe, mientras su cepillo recoge el otoño que cae.

Me encuentro aún, un poco perdida, como si no me hiciera bien a la idea de que estoy aquí. Chapurreo algo de alemán en los restaurantes, pero me siento insegura, así que siempre termino las frases en inglés. Suelo comenzar a hablar con una disculpa y, después pienso lentamente en las palabras: el alemán es un idioma tremendamente lógico. El otro día, mientras tomaba un café con mi amiga Kristine, me reafirmé en esa lógica aplastante: hablábamos de que aún no había ido al ayuntamiento a inscribirme, ella me preguntaba si recordaba la palabra alemana para ayuntamiento, que no es otra que Rathaus; inmediatamente, me eché a reír y dije:

– Claro, esa palabra seguro que es un préstamo del inglés…¡La casa de las ratas!

Ella cayendo en la cuenta, soltó una carcajada. No quedó ahí el juego ideomático, sino que, al igual que el idioma, los alemanes son personas también muy lógicas. Mientras hablábamos, saqué del bolso un mapa de Aquisgrán y alrededores, y le señalé una zona fuera de la ciudad en la que aparecía un parque con un lago y un cementerio:

– Quiero ir a este sitio, tiene que ser muy bonito, ¿has estado allí alguna vez?

– No, pero ¿Porqué quieres ir a un cementerio?

– Bueno, a mi los cementerios siempre me han parecido un buen lugar de reflexión, además, como este año hemos trabajado con la antropología de la muerte, estoy interesada en ver algún cementerio aquí

– Ya, pero ¿porqué te interesa tanto ir a un cementerio? ¿es por las flores?

La carcajada fue mayúscula. Mi amiga alemana no comprendía porqué alguien quiere ir a un cementerio si no está muerto o no va de entierro. La conversación continuó por los terrenos de la antropología, con una amiga teóloga, las conversaciones son siempre interesantes.

Pagamos la cuenta, caminamos por las calles hasta mi casa: el barrendero de hierro siempre me indica el camino, un camino de ocres hasta el siete de mi portal.

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El pedalier de los ingleses

He de admitir (sin ningún ánimo de faltar a los ingleses, ni a Händel) que cuando leí lo siguiente no podía parar de reír. Me encanta cuando alguien desmantela al enemigo cargado de razones, y con la clase y educación de todo un caballero. En este caso, el caballero que desmantela al enemigo, con una pluma afilada como el demonio, no es otro que Carl Philip Emanuel Bach.

Resulta que el musicólogo Charles Burney (1726-1814), cometió la desfachatez de comparar al señor Bach con Händel, del siguiente modo: “Estoy igualmente convencido de que sus mejores arias de ópera italiana, tan variadas en el estilo y la sensiblidad del acompañamiento, sobrepasan las arias de todos los compositores antiguos o contemporáneos de toda Europa; de que tiene más fuego que Corelli en sus partes para violín y más ritmo que Geminiani; de que en sus fugas para órgano, tan densas, magistrales, soberbias, sobre los temas más naturales y placenteros, sobrepasó a Frescobaldi e incluso a Johann Sebastian Bach y a los demás alemanes que son los más célebres en este difícil y arduo modo de componer”.

La respuesta de C.P.E. Bach, no se hizo esperar: ” Tengo diversas razones para estar poco satisfecho con el señor Burney. En el caso de Händel, se constata igualmente lo que ocurre con otros: cuando se quiere deificarlos, se les pone en dificultades. Las comparaciones son odiosas y deberían evitarse [pero] Keiser le sobrepasa ampliamente en canto y […]. No era, por lo demás necesario, ya que era bastante grande sobre todo gracias a sus oratorios. Pero escribir que en el órgano ha sobrepasado a mi padre, nadie debería osarlo en Inglaterra, donde no hay más que órganos insignificantes y, subrayémoslo, sin pedalero, donde no se tiene verdadera idea de lo que la interpretación de órgano y donde, sin duda, no se han visto ni oído jamás obras para órgano y donde, ciertamente, no se conocen las obras para teclado y, en particular, para órgano de mi padre, ni en lo que concierne a estas últimas el uso obligatorio del pedal, al que se confía ya la voz principal, ya la parte de alto, ya la de tenor, y esto siempre en fugas en que una voz no se pierde nunca, donde se encuentran los pasajes más difíciles, donde además los pies trabajan con  el mayor fuego y el mayor brillo y, en fin, innumerables cosas de las que el señor Burney no sabe nada […]. Hablemos seriamente: la diferencia no podría ser mayor. ¿Compuso Händel para dos teclados y pedalero? ¿Compuso fugas para teclado solo a cinco y seis voces? Evidentemente, no. Toda comparación es, pues, vana. La distancia es demasiado grande. Basta examinar las obras para clave y para órgano de los dos”.

 

Tomado del libro Historias de la Historia de la Música, Ed. Robinbook, 2011.

 

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Aire libre

Si algo me gusta, es vivir.

Ver mi cuerpo en la calle,

hablar contigo como un camarada,

mirar escaparates

y, sobre todo, sonreír de lejos a los árboles…

También me gustan los camiones grises

y muchísimo más los elefantes.

Besar tus pechos,

echarme en tu regazo y despeinarte,

tragar agua de mar como cerveza

amarga, espumerante.

Todo lo que sea salir

de casa, estornudar de tarde en tarde,

escupir contra el cielo de los tundras

y las medallas de los similares,

salir

de esta espaciosa y triste cárcel,

aligerar los ríos y los soles,

salir, salir al aire libre, al aire.

 

Blas de Otero.

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La poesía es un arma cargada de futuro

Sin más, esta tarde gris, ante chorros de apuntes, dedico tan solo un momento para la reflexión, y escucho a Celaya en la boca de Paco Ibáñez. “La poesía es un arma cargada de futuro”, uno de mis poemas prohibidos, prohibidos por lo que remueven dentro de mi conciencia, y por las lágrimas silenciosas que me arrancan, prohibidos por donde me llevan, de donde no quiero regresar. Prohibidos para un mundo de sordos y ciegos, donde todo puede medirse, comprarse y  venderse. El darse cuenta de todo este vacío hay que pagarlo, el darse cuenta de este absurdo circo de payasos y marionetas gastadas, cansadas de hacer siempre lo mismo. Poema universal, más allá del tiempo, que todo lo trasciende, cuando ya nada se espera…

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Hacia las estrellas, Juan Carlos Mestre

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