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Fracciones

Sus pupilas se cerraron de golpe, negándose a toda luz. El gesto de su rostro se contrajo, paralizado en aquella fracción de segundo apenas perceptible. Después, tras una palabra, soltó todo el aire a la vez y sus músculos vencidos se expandieron en la silla, totalmente derrotados.

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Agotarse

Se nos agotan las ciudades. En cada adoquín hemos dejado una historia, en cada café una confesión, un beso en cada esquina. Tan alto es el ruido que hacen al agotarse: los edificios caen, las catedrales, con sus cúpulas, pertenecen al polvo. La contaminación del tiempo, de la vida que hemos dejado, nos pesa, como todas esas fachadas de piedra que ya no podemos comprender.

Este improvisado jardín inglés que crece ante mi ventana, es algo temporal, una naturaleza muerta, rota por esa odiosa baradilla de metal que da paso a la carretera. Y al otro lado los trenes, noche y día: cuando los escucho pienso en el viento frente al mar, o quizá en las mismísimas olas, y ese arrullo me ayuda a quedarme dormida cada noche. Pero también se me agota esta casa. Hogares como estaciones en las que sólo te quedas por un tiempo.

Parece que hoy no es un buen día para la fotografía: esta luz gris, mortecina, mensajera de la tormenta cercana, invita a meterse en la cama y no despegar los ojos del libro en toda la tarde. Es domingo, qué le vamos a hacer, el tedio llega. También para ti, que necesitas odiarme, desde el febrero que ya no habitamos: odiame fuerte y cauteriza toda mirada en tus retinas. Mis ojos ya no lo son.

Y la ciudad se desarma como un puzle que cae al suelo, como sus cabellos; se clava, del mismo modo que esas agujas se insertan en el dorso de su mano. 

 

 

 

 

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Noche

– Y esa mirada?

Silencio en el campo de visión.

– Tírala a la basura.

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El secuestro

Preparo las maletas y siento un vértigo placentero en el estómago. He envuelto toda mi ropa con libros, tanto que no alcanzo a distinguir si voy a vestirme de páginas, o a cubrirme las manos y las orejas con las tragedias de Shakesperare. Es muy común que, antes de dar un paso importante, me ocurran acontecimientos de lo más inverosímiles, mi teléfono móvil es un buen testigo, pero calla como una tumba cuando intento comprender.

Se dio mucha casualidad para que en ese momento contestase a las llamadas: suelo tener el móvil en silencio, así que es como si no lo tuviera. Me coloco al borde de la cama y respondo tímidamente, después, toda una horda de palabras que no significan nada. Supongo que hay personas a las que les encanta hablar todo el tiempo de sí mismas, pero hoy sus logros, sus medallas, me suenan a amenaza; su repentino interés, al sonido de cristales rotos.

“Or rats’ feet over broken glass, In our dry cellar”

Ahora es tiempo de despedidas, de adioses, fotografías secuestradas hasta nuevo aviso.

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Apuntes del natural

Me asomo a las bocas, vertiginosasy oscuras como simas: escucho el sonido del belcro provocado por la separación de los besos, me retrotraigo al beso corto y breve en un patio de armas, bajo una claraboya de luz insignificante. Tomo apuntes del natural tecleando en el teléfono móvil, siempre en silencio, sin esperar a nadie al otro lado.

Voy a la playa, vuelvo, vivo las vidas de otra gente colocándome sobre sus pies, saltando de huella en huella, analizando el lugar en que apoyan el peso de sus escombros, si el talón levanta demasiada arena. Después me aproximo a sus querencias observando qué conchas recogen de la arena, grandes o pequeñas, como en un juego psicoanalítico vacacional:

– Las conchas pequeñas son otra cosa- me digo mientras la palabra regreso aprieta mi pecho y los recuerdos distorsionados se me suben a la cabeza.

Me fijo después en las montañas, parecen evaporarse con la niebla que se arremolina sobre las copas de los árboles, invadiendo etérea todo espacio, tendiéndonos sus brazos de bruma, para elevarnos hacia arriba, para que nunca tengamos que volver. Mirándome las manos descubro que por sus líneas pasan caballos, como por la orilla del mar, tan dignas, las huellas de los perros.

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De libélulas

Se escurre un almendro en flor entre mis acuarelas y el agua: la estampa japonesa está hoy en la calle, en las camisetas de las adolescentes, en mi vestido de pájaros rojos, en los ojos de Meisho Edo.

Acaricio con las yemas de los dedos la lámina, me hundo en  los nudos de sus planchas, me degrado hasta el azul, me cubro con el papel de una sombrilla, sombreo mis labios con rojo, dibujando una curva que regresa y se contonea graciosa hasta la leve comisura. Hoy he escuchado un poema de la vida alegre, cuando oí cantar al hombre que recoje la basura de las papeleras, ofrecía una lección soberbia a cualquiera que pasaba, a cualquiera que quisiera recibirla. Lo incluí con un trazo rápido del lápiz.

No se habló más de la mariquita que se posa intempestiva en mi mano, de la libélula multicolor en mi puño, de su vuelo magistral entre los arbotantes.

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Apocalypse, please

Subía los escalones de mi niñez, jadeando, cada vez más cansada, más asustada. Después, una imagen terrorífica, un espasmo violento: me desperté gritando. El resto de la noche la pasé acurrucada en una esquina del colchón, sintiendo la presencia de algo malo que me acosaba desde la puerta. No podía moverme, levantarme a cerrar la puerta y dejar los monstruos fuera era imposible, así que no dormí hasta el alba, media hora antes de las siete.

Encendí la luz del flexo, y me quedé rumiando un dolor de cabeza insoportable, mientras continuaba notando esa presencia, pero esta vez, y tras haber levantado la persiana, fui directa a la puerta y la cerré. Salir después por la puerta y sentir el aire frío, fue toda una liberación.

Justo ayer hablaba de mis pesadillas, retomaba episodios de mi niñez: basta que remueva los posos para que regresen, o como escribí hace mucho tiempo “son fantasmas que esperan un ópalo de sangre viva, para volver”…

Si el fantasma desenrosca todas las bombillas de tu cuarto mientras duermes…¿volverá el miedo sobre sus pasos? ¿Atropellaré con mis dedos el caos infinito? Por el momento es el miedo, el sonido de pasos, las sibilas, los perros negros.

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