Archivo de la categoría: Germánicas

El híbrido

A las ocho de la mañana toda la ciudad parece sacada de una de esas fotografías antiguas, casi de tiempo de preguerra. El gris dominante se mezcla con los últimos colores del otoño y las fachadas comienzan a abrir sus grandes ojos amarillos. Los adoquines mojados reflejan la poca luz que el cielo, siempre encapotado, permite. Pequeñas impresiones de tiendas cerradas, árboles semidesnudos y transeúntes adormilados. Esta ciudad a veces parece un hogar, pero otros días parece algo tan ajeno que uno ya no sabe donde refugiarse: es entonces cuando aparece el deseo de volver al país que se dejó, imaginando que allí todo ha quedado detenido en el tiempo. Y de pronto, el miedo. Ya nada será lo mismo, porque uno ya no es el mismo.

Cuando se es incapaz de distinguir si se habla en español o alemán, cuando se vive, se sueña, se ama y se piensa en dos idiomas, cuando se integra otra cultura, otro cielo, otras ocho de la mañana, uno se da cuenta de que se ha convertido, imperceptiblemente, en un híbrido. Se levanta una mañana y de repente, como Gregor Samsa, se da cuenta de que ya es otra cosa, que se ha transformado e intenta mover sus patitas y ponerse en pie con miedo a abrir la puerta, a que le vean los otros.

El Híbrido sabe que no pertenece a ninguna de sus dos naturalezas, que es algo en el medio, algo extraño. Espera, una vez ha asustado al personal con su apariencia y su lenguaje también incomprensible, a que le pasen la comida por debajo de la puerta. Si se viste adecuadamente, a veces pasa por un individuo “normal” de alguna de sus dos identidades, pero en cuanto abre la boca los unos le dicen que es mucho de los otros y los otros le dicen que es mucho de los unos.

El Híbrido da un sorbo a su café ya resignado a ser un apátrida, a no pertenecer a ningún lado, a sentirse siempre fuera de lugar. Así que esta mañana de final de temporada se esconde bien en su abrigo y no habla, para no levantar sospecha.

 

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Germánicas

Adalbertsteinweg

Hoy Gregor Samsa estaba en mi mesita de noche presa ya de la metamorfosis. Sin piedad, como un padre furioso, lo aplasté con un libro de esos con introducción de la amante del escritor. Otra vez ese bloqueo en la garganta que se cierra como si alguien apretara una tuerca de hueso. Los currículos sin enviar, las montañas de futuros posibles e imposibles que se amontonan sobre la mesa y cuando los ordeno me pierdo en millones de caminos que esperan la lluvia bajo ese cielo que no perdona, impasible en su azul firme de piel joven. El bloqueo muscular ante tanta posibilidad, mirarse los pies inmóviles que ya parecen ajenos y de pronto los brazos comienzan a moverse en el aire trazando interrogantes, danzando como poseídos por el vacío y la búsqueda. Otra vez el silencio.

Vuelvo al escritorio con vistas al muro de enfrente, la libertad vive en un patio tan pequeño como la habitación de un manicomio, en coma inducido murmura algo con sus labios etéreos que yo ya no puedo comprender. Qué te empuja a ser, qué se espera de ti. Otra vez el silencio.

Me apoyo en el escritorio e intento descifrar de nuevo esa gramática del silencio instalada en mi frente cansada de buscar la paz de las respuestas; pero el silencio es uno y se acomoda en sillón ajeno quedándose hasta tarde. Invitado indeseado sorprendiéndonos con su cháchara sonoramente muda y vivaz que nunca nos satisface.

7 comentarios

Archivado bajo Germánicas

El Libercado

Era un planeta oscuro, húmedo y gris al que llegaban en masa seres sin futuro de otras galaxias como aquel que llega a la tierra prometida sólo que, en este caso, los ríos manaban estupendos puestos de trabajo y un futuro prometedor cargado de felicidad. “Es un planeta muy desarrollado y abierto”-se oía comentar-“Los acuerdos intergalácticos hacen que uno se sienta allí como en casa, con la ventaja de trabajar y vivir mejor”- Se repetía una y otra vez a esas pobres almas desesperadas de las cuatro esquinas de la galaxia que sólo querían ganarse dignamente la vida y que, totalmente decepcionados, tenían que huir de la mediocridad, la violencia, pobreza y terrible desigualdad del sistema corrupto que regía en sus respectivos planetas.

Ella llegó dentro de una pequeña nave chatarrera, aún tenía esperanza en la mirada y muchas ganas de entregar todo aquello que con tanto esfuerzo aprendió, en algún trabajo de esos que, acuerdo intergaláctico firmado, no iba a ser difícil de encontrar. Envió miles de cartas y esperó. Mucho tiempo. Mientras tanto realizó algún que otro trabajo de bajo rango, como limpiar las extrañas casitas espaciales del país o cuidar de niños insoportables y maleducados esperando con impaciencia un e-mail que nunca llegaba. Durante ese tiempo descubrió que para un número alarmante de los habitantes del lugar el hecho de que ella fuera de otro planeta estaba directamente relacionado con un cociente intelectual inferior al de un caracol, aunque allí tenían especies mucho más grandes. No importaba si ella había o no estudiado una cantidad considerable de años en una Universidad bajo el acuerdo intergaláctico, puesto que muchos de ellos pensaban que fuera de las curvas de su planeta, la gente vivía en los árboles sin haber superado todavía el eslabón de la evolución que los convertiría en sus iguales. En consecuencia, a través de actos y palabras, los hacían sentirse indignos y pequeños, muy muy pequeños.

Tras un año de búsqueda un buen día llegó un e-mail que parecía ofrecerle un sueño de futuro, una oportunidad, algo que hasta ahora nadie le había ofrecido. Es verdad que ella sabía desde el principio que no era el trabajo de su vida, que aquella empresa iba a alimentarse con un trabajador cualificado pagándole una miseria, pero era lo único que hasta ahora le habían ofrecido. Suponía una seguridad, una tabla a la que aferrarse y tenía al menos algo que ver con aquello que la encendía en corazón, aquello a lo que dedicó gran parte de su vida: los libros. Decidió verlo de ese modo y aceptó el trabajo.

El libercado era un edificio de cristal, como una nave gigante en el centro de la ciudad. Tenía cuatro enormes plantas a las que se accedía mediante escaleras mecánicas o ascensores y donde el cliente podía encontrar toda clase de libros más malos que buenos, calendarios, gominolas, agendas, cuadernos y un largo etcétera. La imagen de nuestra protagonista dentro del libercado distaba mucho de la de la típica vendedora de libros que, catapultada detrás de unas viejas estanterías de madera lee un libro entre el polvo y el silencio hasta ser interrumpida por la clásica y adorable campanita de la puerta. Ella corría, subía y bajaba escaleras, buscaba libros en una base de datos o en las estanterías (todo ello a la máxima velocidad posible y sin detenerse a respirar) para entregárselo a un cliente normalmente malhumorado y maleducado que se acercaba al libercado más con la intención de soltar toda su rabia y frustración al primer trabajador que se cruzaba en su camino que para comprar un libro.

En aquella sociedad de la supergalaxia, ese dicho que afirma “el cliente es el rey” era un hecho constatable, a veces el cliente era rey, el emperador e incluso dios. El nivel económico de aquella sociedad había crecido como la espuma en las últimas dos décadas, es por ello que la clase media empezó a comportarse con la arrogancia y engreimiento de la vieja nobleza pues, al fin y al cabo, ellos pagaban y por lo tanto tenían derecho a todo. Una lluvia de quejas absurdas llovían sobre ella cada día como los ladridos de los perros le llueven a la noche, aunque estos tienen más sentido pues piden companía o alimento, mientras que los otros gruñen porque el libercado se les ha quedado pequeño a pesar de tener cuatro plantas o porque los trabajadores no conocen al autor mjkhdgs y eso es una vergüenza, pues en teoría ellos deben conocer y haber leído los 2564879154786921147525585 libros que se venden en el libercado ya que tienen todo el tiempo del mundo para ello. Nuestra protagonista era asediada cada día por decenas de estos extrahumanoides con su cuerpo humano y su cabeza de piel babosa, grisácea y resbaladiza, con sus inmundas bocas de dientes afilados que sobresalían de lo que se podría llamar labios. Sus pequeños y múltiples ojos observaban todo críticamente mientras en ese lenguaje incomprensible entre el gruñdo y el siseo hacían saber qué libro querían consumir. Ella lo buscaba y lo lanzaba a sus terribles fauces tras lo cual ellos lo atrapaban satisfechos con un golpe de sus mandíbulas y se iban sin dar algún sonido de agradecimiento.

Cuando no había clientes, el trabajo pasaba a colocar los libros que, como ladrillos de papel, no dejaban de llegar en grandes cajas de plástico azul. Era una tarea automática y pesada. Mientras la llevaba a cabo, con una resignación difícilmente superable, se imaginaba que estaba en otro lugar, en otro tiempo normalmente futuro en el que habría logrado sentirse satisfecha con su vida profesional, en el que emprendería algo que enriquecería su mente y saciaría su espíritu en vez de romperlo desde dentro. Un lugar y momento futuro en el que no la tratarían como un gusano sólo porque era una inmigrante. Seguía con su tarea y colocaba los ladribros pasando de vez en cuando por aquel rincón del ostracismo al que habían condenado a los clásicos galácticos. Al lado de estos se encontraban las estanterías de bestseller que crecían sin parar con esa literatura de coktelera, mezclado no agitado, en la que se han introducido los ingredientes de lo vendible para crear esa novela estereotipada que se consume en masa, como la coca-cola. Todo ello la resultaba tan asqueroso, que el asco la subía a la garganta y no la deja respirar.

Entre las estanterías se movían sus compañeros de trabajo en sus cápsulas espaciales individuales. Estas capsulas les protegían del contacto con los demás, puesto que sentir algún sentimiento por los demás trabajadores que no fuera competitividad debilitaba su sistema inmunológico de tal manera, que en tres días encuentraban la muerte por humanidad. Dentro de las cápsulas se sentían seguros y conspiran para mantener su estatus y lograr un puesto más importante, siempre mejor que el de los demás.

Lo cierto es que, dentro de lo incompresible, allí todo tenía su lógica, aplicable al planeta entero. A pesar de ello, aquello era demasiado para alguien que se negaba a meterse en una de esas cápsulas individuales y que no quería protegerse de todos aquellos valores e ideas en los que siempre había creído. Así, lanzada por las circunstancias a un mundo sin sentido, sólo podía entregarse a esa resignación tan negra compartida por tantos inmigrantes. Volver no era una posibilidad, aunque a veces se le pasara por la cabeza.

Nueve de la manaña, el libercado abre sus puertas y deja pasar a las hordas que ya se amontonan en la puerta. Ella inspira profundo y piensa -sólo un día más, es sólo un día más-.

mnkcsdmioewiocjne

El primer cliente del día ya exigía su producto.

3 comentarios

Archivado bajo Dies Irae, Germánicas

De futuros inciertos

O me hago vendedora de libros (Ausbildung incluído) o me voy a Salzburg, así son las cosas. Vivo con la incertidumbre de aquel (españolito o no) que ha dejado todo para buscarse la vida, del que sobrevive del pluriempleo y del que, tras siete años en la universidad, ya no puede rondar sus adorados libros y ha de dedicarse a esto o aquello.

Esto es una cosa que sólo se comprende si se ha hecho alguna vez. Si se ha dejado lo cómodo y cotidiano por perseguir los sueños con todas las consecuencias. Que nadie se confunda, hace falta valor y mucha mucha paciencia, nadie deja todo porque se rinde, se deja todo por que se cree que algo mejor es posible, aunque cueste conseguirlo. El proceso de tirar la comodidad por tierra y de olvidarse de los golpes de suerte dura su tiempo, y al final uno descubre que es libre, que si le llaman mañana de un puesto de trabajo en Francia, en Italia o en Finlandia se iría sin más, sin remordimientos. Estaría dispuesto a sufrir el aprendizaje de otra lengua, con sus etapas de “no puedo aprender más” y de “cuanto más aprendo más me doy cuenta de que nunca la controlaré del todo”, se divertiría con las diferencias culturales y se adaptaría a otros horarios de luz o a no ver el sol más que dos veces al año.

Es bonito ver cómo uno se ha transformado, cómo se ha librado del peso de las costumbres, de lo conocido y de las cosas. Es bonito tener el valor de cambiar las cosas, tener las sandalias de Hermes.

Deja un comentario

Archivado bajo Germánicas

Quinto sin ascensor

Me gustan los áticos. Siempre me ha gustado recorrer todo ese paraíso de tejas y ventanas pequeñas con sólo levantar los ojos, sin salir del refugio de silencio que envuelve mi escritorio. Hoy la lluvia enturbia las siluetas de los edificios más lejanos, incluso la torre cuadrangular de la Joseph Kirche, que marca erguida el este de la ciudad.

Mi habitación, con su techo ligeramente inclinado, se abre al exterior por dos ventanas, tan rectangulares como pequeñas: una se sitúa frente a la mesa, la otra, de la misma longitud que la cama y pegada a ella, me despierta cada mañana con un chorro de luz que me cubre de pies a cabeza. Aquí, la ausencia de persianas es algo corriente y las cortinas, finas y translúcidas como el papel cebolla, luchan ferozmente con los amaneceres, que siempre son temprano, aunque una no quiera madrugar.

Desde mi atalaya robo la intimidad de los otros, sus ventanas desnudas no me niegan nada, veo cómo juegan con su pelo mientras hablan por teléfono y siento sobre los párpados las luces amarillas de sus cocinas, me cuelo en sus tardes de domingo, en los cascabeles de sus gatos de balcón. Me pregunto a veces si alguien será cómplice de mi desorden, de mi rutina de duchas y velas encendidas en esta repisa abierta al vacío.

Deja un comentario

Archivado bajo Germánicas

Ven

– Ven conmigo al lado oscuro

Gesto de incomprensión

-ven, ven conmigo al otro lado…tengo galletas…

La risa partiendo en dos la mañana.

Deja un comentario

Archivado bajo Germánicas

Cambio cromático

A ti, con tu posibilidad y tu prisa. A ti y al color confuso de tus ojos (¿azul, gris o verde?). Tú, que buscas el contacto de mis rodillas con dedos tartamudos, mientras estática repaso todas las historias que no hemos vivido, las que nos son ajenas a la luz del relámpago.

Paso por la Krämerst. y me asaltan todas estas imágenes con punto y seguido, en esta calle de melancólicos juegos de sombras que merece la pena fotografiar. Ha llegado el tiempo de los helados, el tiempo de ese cielo raso que tanto te gusta, salpicado de nubes. Nos reafirmamos en la primavera aún con algo de abrigo, pero tumbados en esas hamacas que hasta ayer no conocía y que han pasado a ser otro punto de encuentro, otro lugar que echaré de menos. Ahí nos desplomamos heridos, también con lluvia, porque no hay nadie, y con el dorso de la mano difuminamos ese tono saturado, verde acuarela de los campos. Tú lo intentas con Saussure y yo con el perro que viene a olfatear mis zapatos, con la ley física que siguen los cuerpos cuando coinciden y convergen en la dimensión espacio-tiempo, aunque partan de direcciones opuestas.

Vuelve, a la mañana siguiente, cuando me siento en estas escaleras de paso, la confusión sobre tus ojos: trato de adivinar la luz que absorben, intento seguir la parábola perfecta que trazan de un punto a otro, manchando de gris y niebla todo lo que tocan.

Deja un comentario

Archivado bajo Germánicas