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Muchas preguntas

El otro día, mientras esperaba el autobús para ir a la piscina, llegó una mujer. La conozco de verla otras veces en la parada, y también porque cuando era pequeña, su hijo me invitó a su cumpleaños, toda una efeméride en mi maravillosa infancia. Mientras ambas nos quejábamos por la deficiente empresa de autobuses que pasa por el pueblo, la mujer intercalaba algunas preguntas sobre mis estudios o mi futuro más próximo, yo le pregunté por su hijo, y hablando de él estábamos cuando la mujer que vive en frente de la parada, salió a tirar la basura y de paso, saludó a mi interlocutora.

– ¿Cómo estás? ¿qué tal lo llevas?

– Bueno…pues como se puede, se lleva como se puede

– Ya sólo te queda pasarlo

– Sí, lo único es que siento mucha impotencia, porque hemos luchado hasta el final, pero no ha servido para nada

– Sí, eso es lo peor de todo…- dijo la señora, mientras cruzaba la carretera, en dirección a su casa, dejándonos solas-

– Es que se ha muerto mi hermana, ¿sabes? hace unos quince días.

Yo sólo murmuré un “lo siento”, y después, dejé que hablara. Lo necesitaba. Nos subimos al bus, y me senté a su lado, ella continuó hablando, y aunque trataba de disimularlo, me di cuenta de que se secaba las las lágrimas por debajo de las gafas de sol de vez en cuando.

– Hemos estado con ella hasta el final, no sé, te haces muchas preguntas.

Ella se bajaba en el pueblo siguiente, me despedí dándola ánimos, pero el bus reanudó la marcha y entonces fui yo la que continuó haciéndose muchas preguntas. Como no, me acordé de ella, no lo pude evitar, me acordé de Loreto, me acordé de su madre. Recordé aquel amor tan desbocado que apenas acababa de nacer, recordé ir en un bus, con las lágrimas temblándome en los ojos, recordé el miedo, la pregunta, “¿qué vamos a hacer?”.

Era jueves, lo recuerdo perfectamente, yo aún remoloneaba por la facultad con un montón de libros bajo el brazo,  estaba a punto de irme, las luces estaban casi todas apagadas y el conserje me metía prisa para que abandonara el edificio. De pronto la llamada, así, de súbito, un flechazo a la incomprensión.

– Pero, ¿cómo puede ser? Es mentira, ¿verdad?

-No- silencio prolongado- No es mentira.

                                                                            *                                                            *                                                                   *

Por la noche, volvíamos en coche a casa, cansados de la piscina, del trabajo, del libro, de los Simpson, de internet. No recuerdo de qué íbamos hablando, de repente, levanté la mirada, que se deslumbró de pronto por los faros de un coche, haciendo un adelantamiento Kamikaze. Lo siguiente, un grito, me agarré al brazo del pianista, mientras con la otra mano aferraba el volante con todas mis fuerzas. Un volantazo violento, y después una fuerte opresión en el pecho, mientras el coche se detuvo en seco. Me temblaban las rodillas: estábamos parados en medio de un carril de la nacional 401, dando mil gracias a que en el momento nos encontráramos justo a la altura de un desvío, lo que nos permitió más margen de maniobra, pero si no hubiera habido esa suerte, ¿qué nos hubiera pasado?

Y continué haciéndome muchas preguntas, en el trayecto que restaba, camino a casa.

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“Vacaciones”

Esta mañana, tuve conciencia de mi misma en el autobús. El conductor siempre para en el horno del pueblo, se baja y compra una barra de pan, siempre sucede lo mismo en el bus de las ocho; me coloqué los cascos preguntándome por qué agradecía tanto volver al trabajo, y sin embargo por qué me costó tanto levantarme de la cama, posar mis pies desnudos en el suelo y sostenerme sobre los tobillos; la interrogación se cerraba con un punto que afirmaba pesadamente: quince días de asfixia, de mañanas muertas, de tardes repetitivas que consistían en un lamento de lo acontecido por la mañana, no hubo ni un trozo de soledad sin alguien gritando mi nombre, he aborrecido las tres sílabas. Deseaba más que nada, volver al despacho, a los libros, al silencio,a esta dulce sensación de sueño.

Parecía que la casa se estrechaba cada vez más impidiéndome la huída, sustituyó mi sangre por una aleación de plomo y acero inoxidable de cazuelas y cacharros, no podía hacer otra cosa que quedarme, que subir y bajar descalza las escaleras, que esconderme debajo de la cama, como una pelusa. Cuanto más tiempo permanecía entre sus muros, más me costaba poner un pie fuera, era cansancio, la casa absorbía toda mi energía, como un vampiro emocional.

Yo soy una persona de aire libre, de sol, de calle y paseo, mi mayor anhelo está siempre fuera, en los espacios abiertos. ¡La casa me había hecho su prisionera! Incluso me obligó a leer mala literatura, poemas de esta gente que escribe rimas al estilo de “soy más feliz que una lombriz, pero nunca seré una emperatriz”, Por favor, ¿qué les pasa a los Best Seller? Que alguien me recomiende un libro por el amor de dios, tengo la mente tan embotada en estos veranos infernales, que no tengo ni ganas de leer lo que debería, con la pila de libros buenos que tengo pendientes, ¿qué me está pasando?

Y por fin, me vino como en un fogonazo, la frase del pequeño Vincent Maloy: “Estoy poseido por esta casa…Nunca volveré a salir…”, e inmediatamente, para aliviar mi sufrimiento, creé en mi mente una imagen de octubre, de hojas, de cumpleaños y jerseys.

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El hombre águila

En la facultad hay un elenco de profesores bastante variopinto, toda una selva humana: hombres ratón, mujeres perro, hombre tigre…pero entre todos ellos destaca el hombre águila. El hombre águila imparte filosofía mirando casi siempre por la ventana situada a su izquierda, mostrándonos su perfil, con su pico y su ojo, siempre atento. Es alto, de piel morena, bastante delgado, utiliza gafas y gusta de posar su mirada alada por encima de los cristales, lo que le imprime cierto aire de seductor nato, que seduce sin siquiera darse cuenta. Se mueve con solemnidad, haciendo esos movimientos casi robóticos con que estas rapaces mueven la cabeza, aleteando suavemente con sus brazos tan largos y delgados, como si quisiera despegar para hacerse entender; sin embargo, tiene una torpeza casi divertida cuando se mueve en espacios pequeños, entre sillas, cajas y mesas,  pero una vez asentado definitivamente en un lugar, comienza el ritual: Atrapa el libro con sus dedos alargados mientras explica, como el águila bicéfala de Carlos V atrapaba el toisón de oro, siempre con esa mirada lateral, como protegiéndolo, causando a la vez maravilla y temor. Su pelo cano se ordena duramente sobre su magnífica cabeza, como un penacho que de vez en cuando se atusa, ante el disparo de alguna pregunta, mientras con la otra mano atrapa el libro aún con más fuerza. Impone, como lo hace un ave de gran envergadura, siempre con esa seriedad elegante, acompasada con cada uno de sus movimientos; cuando ríe, lo hace tímidamente, como si se le fuesen a herir las comisuras de los labios, finos, apenas abocetados, sobre los que se sitúa una nariz grande, de líneas rectas muy estilizada y hermosa.

Pero lo realmente impactante del hombre águila es su mirada. El hombre águila no mira, examina, te saquea por dentro con sus diminutos ojos marrones, hace que te sientas pequeño sentado frente a él, mientras te mira desde arriba; aún así la sensación no es incómoda, sino reconfortante: a la vez que te clava su mirada de rayos X, te abraza con sus enormes alas, mientras ese tabaco de vainilla que fuma, te sume lentamente en un dulce letargo.

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Tres enfoques

La gente bailaba tangos alrededor del epicentro que ejercía sus mochilas amontonadas. Aquello parecía un modelo astronómico clásico, al más puro estilo Aristar-tóleles, ora versátil ora estático, era realmente asombroso: el movimiento introducido dentro de un marco inmóvil, este a su vez inmerso en un campo de movimientos infinitos. Eppur si muove.

Una joven bailaba con un señor de pelo cano, sus pantorrillas, perfectamente tensas por el efecto los tacones; otra pareja que apasionada pasaba por su lado, confundían sus piernas en una espiral perfecta y vertiginosa. Todo sucedía dentro de una pequeña cajita de música cuyos habitantes habían olvidado el macrocosmos en el que se encontraban, olvidaron el coche, la cafetera, las luces parpadeantes, los patinadores, las noticias, el ruido de las fuentes; sólo bailaban indolentes y dichosos ante las miradas ajenas. Al descubrir todo un sistema de causas causadas, movimientos, entregas y olvidos, las comisuras de los labios se me arquearon de manera instantánea, alguien a mi espalda me miraba detrás de un objetivo, mientras yo, con mi sonrisa bobalicona, miraba a los bailarines, que a su vez, desde la velocidad de un giro, me devolvían la mirada.

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Pintando

Estos días estoy viendo demasiados escarabajos boca arriba secados por el sol. Me dan unas imágenes bastante interesantes para pintar un cuadro al más puro estilo de: “Escarabajo muerto junto a la junta de una baldosa”. El asunto real de mis pinturas viene después, siempre surge de una imagen imprevista y se desarrolla a través de ella, algo así como un fuego artificial. Se me ocurriría pintar también en ese cuadro un teléfono, un libro saliendo de un teléfono: hoy me han dado la noticia de que vuelvo a ejercer de bibliotecaria, no está mal, es un plan estupendo para este verano siempre que no me coloquen en acceso. Es bonito descubrir lo que la gente lee, poder decirle a alguien: “El que se lleva es un gran libro”, o “tiene muy buen gusto musical”.

¿qué más pintaría en ese cuadro? veamos…ah, sí! el otro día estuve en una tienda de electrónica, conocida como worten, buscaba un pen drive sin éxito, así que, cuando vi a un chico con un polo naranja y el pelo recogido en una coleta, me acerqué a él y le pregunté:

-Perdone, ¿podría indicarme dónde están los pen drive?

-Emm…Yo no soy del worten

-Ah…-mi cara adquiría mientras tanto la rojez de la cáscara de un cangrejo cocido-es que como vas de naranja…

Me escabullí de su vista caminando hasta el fondo de las estanterías, junto a la sección de videojuegos, y no salí de la dichosa tienda hasta que él se marchó. Eso podría transformarse en una grieta (que hubiera deseado que me tragara)

Por lo demás se puede hacer un mejunje con sábanas tendidas, llaves colgando de cerraduras y tarde de viernes aburrida (con zumo de naranja y sin cigarrillos).

Uno de los dibujos a los que tengo más cariño es este que dejo aquí, en principio salió de la ilustración de una camiseta, después se fueron incorporando la tinta, la sombra, la pantera y un reloj sin manecillas. Mataba el tiempo a pisotones,a pasos.

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Silencios de lluvia

Fue un jueves de lluvia, de querer lloverme hacia fuera. En el coche, camino a Toledo, la lluvia golpeaba el cristal como la metralla en un coche blindado: eran proyectiles de agua que se me  insertaban en el pelo y en el lagrimal sin pedirme permiso, parecía que las gotas sabían de mi complacencia. Hubo silencios de lluvia bajo los puentes; mientras caía la tormenta, marcaba su compás, con el crescendo de algún trueno: me recordó a la tormenta de la Pastoral, pero más cotidiana, más íntima. De súbito, me asaltó la idea de grabar aquella pieza musical tan hermosa, mientras dentro del coche, sonaba otro piano ejecutado por un pianista francés, que soñó que Satie y Chopin se conocieron en un viejo café Belga, con la presencia de aquellos que no huyen de la lluvia.
Todos ellos tomaron un café cargado de esas palabras que no se mojan, diluyendo antes el azúcar con un rápido movimiento de las cucharitas, retrovisores donde de vez en cuando, enfocan un tiempo que ya fue, un lugar que ya no existe.

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Atardece entre las ruinas del expolio

Venían los de Praga: la tarde se gastó entre alientos del Moldava y aspavientos de brazos (dicen que cuando hablo con entusiasmo parece que voy a echar a volar). Se me hacía extraño volver a tenerlos delante,he hechado de menos a Silvia en tantos cafés, que dejaba palabras guardadas en los posos, por si entraba con prisa por la puerta, quitándose sus gafas de sol y retirándose el pelo de la cara, desordenando todo a su paso, con esa pulsión de vida que emana sin darse cuenta, a mil revoluciones por minuto.

Ahora los tenía frente a mi, como si la ausencia se hubiese partido por la mitad y no supiese asumirlo: inmediatamente mi cuerpo reaccionó relanjando mis músculos y mis pensamientos. En algunas trazas de conversación, permanecía adormecida mirando a la calle desde el cristal de la cafetería, escuchando el murmullo de sus voces envolviendo la escena. “Os hemos traído unas cositas”, qué regalos tan acertados son Dvorak y Kundera, qué insoportable es la levedad de estas visitas, diría yo; y, con perdón de un colega, me está gustando bastante el libro, tendré presto el lápiz, para subrayar…

Salimos a pasear por la Ciudad Imperial, me relajaba mirando en sol declinar entre los árboles, ellos no se enfadan, les son muy familiares mis pequeñas ausencias para mirarlo todo, ese peculiar recoger imágenes durante el día al que no puedo renunciar. Ángel también tiene sus ausencias, adorables en algunos casos, insoportables en otros, pero siempre peculiares: tan pronto gira el tema de conversación hacia lo más inverosímil, como hacia la controversia más plausible, él es así.

La caída de las revoluciones de finales de los 60, salpicaban la espuma de la última cerveza de la tarde, la conversación no se apagaba: nos quedamos a charlar frente a los coches, y cansados de estar allí de pie, nos pusimos a dar dos o tres vueltas a la misma manzana, percatándonos del hecho a la tercera vuelta, cuando nos paramos a mirar los bombones de un escaparate, en un salival silencio.

Nos despedimos, y por fin en el coche, camino a casa, escuchamos RNE Clásica, Schumann, estupendo como siempre, puso vértice final a una de esas tardes en las que todo parece posible: una tarde en la que parecía factible cambiar el mundo, o al menos, el querer intentarlo.

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