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El Puente de Carlos

He vuelto a tener otra vez esa clase de sueños que tanto echaba de menos, esos sueños cargados de símbolos en los que me gusta permanecer y donde experimento sensaciones que normalmente el mundo real no me ofrece. Esta vez estaba en Praga justo a la entrada del puente de Carlos; en mi sueño el puente estaba desierto, algo que contrasta con el estado del mismo cuando hace algunas semanas visité la ciudad de oro. Llovía, llovía a cántaros, el cielo estaba muy oscuro y las estatuas de santos y vírgenes que custodian el puente no eran más que sombras oscuras incapaces de ofrecer esa candidez con la que aparecen en las fotografías de los turistas. Yo quería cruzar el puente en dirección al Castillo. Dándome cuenta de todo lo kafkiano de mi intención, caminaba lentamente por el puente disfrutando de aquella lluvia, de aquel lugar, de las siluetas de los edificios que se podían intuir al levantar la mirada. Nada en el alma pesaba, sonreía levemente como si allí a donde me dirigía fueran a recibirme con una chimenea crepitante y una buena historia o leyenda de las muchas que se cuentan en la ciudad. Sin embargo era  al mismo tiempo consciente del camino mismo, de las huellas que yo dejaba en él y de las huellas que él dejaba en mi, de los arcos del puente, los puentes, que tanto ha dado que hablar a los poetas.

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Un sueño maravilloso

Me he despertado muy contenta, recordando, mientras me vestía las imágenes de un sueño genial. Lo voy a narrar tal y como lo recuerdo:

Estaba en Berlín. Nadie decía que eso era Berlín, no había letreros ni carteles, pero yo sabía que estaba en Berlín, y que estaba además en uno de los maravillosos museos de esta ciudad. En este museo había una exposición del cubismo picassiano, y yo iba mirando los cuadros, asombrada por todo lo racional que tiene el cubismo: no pinta lo que ve, sino lo que conoce. De pronto, sacaba un cuaderno viejo que tenía guardado en una bandolera marrón que utilizaba cuando tenía 15 años, en ella solía llevar los carboncillos y los papeles para pintar en cualquier lugar y en cualquier momento. En ese cuaderno se encontraban los bocetos originales que Picasso trazó para los figurines de la obra de teatro de Alarcón “El sombrero de tres picos”. Allí sentada en medio de la sala (una estancia bastante parecida a las que puede haber en el Museo del Prado) hojeaba los bocetos totalmente maravillada, para guardarlos de nuevo en mi vieja bandolera. Continué viendo los cuadros, tan detenidamente como suelo, cuando, de pronto, un señor de unos 65 años, se me acercó y me dijo:

– Sé que los tienes tú.

– Yo no tengo nada, se lo juro- respondí dando un paso atrás y protegiendo la bandolera con el brazo

-La gente pagaría mucho dinero por ellos- dijo el desconocido, con una mirada inquisitiva, que parecía echarme un pulso

– No están a la venta- añadí antes de perderme entre la gente que pululaba por las salas del museo, después, eché a correr, aprentando contra mí mi vieja bolsa de secretos.

De pronto vi por dónde huir: ante mi se encontraba la pirámide invertida del Louvre, sí, dentro de un museo de Berlín, y en este caso tenía una escalera en su interior: un juego bellísimo de luces y sombras muy contrastadas se dibujaba ante mi vista, los ángulos, la luz tan fuerte que entraba por la cristalera de la pirámide y la oscura escalera. Todo ello lo veía desde abajo, situada en una esquina, como si aquello fuera un encuadre de una película de Robert Wiene. Veía mi figura oscura, subiendo la escalera a toda prisa, en aquel espectáculo de luz, con los bocetos de Picasso pegados a la cintura.

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